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  Borracho soy aún peor
 

 

  En realidad no soy tan increíble  


Y seguimos para bingo

  26
  12
  2007
 

Esta semana uno de mis microrrelatos (ver D) a resultado finalista en el concurso de La Ser y La Escuela de Escritores. Sin que sirva de precedente, y haciendo un ejercicio de objetividad que se me da muy mal (y es que yo mi abuela soy), debo admitir que el relato que venció de los tres que llegamos a la final de esta semana, lo hizo con todo merecimiento ya que era el mejor con diferencia. Si alguien quiere echarle un vistazo, está aquí.Simplemente, aquí quedan los últimos cuatro que he escrito, de los cuales solo me he sentido satisfecho con el penúltimo de ellos:A)

¿Cómo se llamaba? Estoy seguro de que empezaba por M: María, Monica, Merche…Pocas cosas hay tan vergonzosas como no recordar el nombre. Al menos que no se de cuenta. Tendré que decirle cariño, o amor, o preciosa…cualquier cosa menos chata. O mejor me voy sin despertarla. Casi mejor, sí. Al fin y al cabo ni siquiera es guapa, creo. Levántate sin hacer ruido y no te choques contra nada. No pienses en la resaca. Recoge tu ropa a tientas aunque te dejes un calcetín, abre la…

– Buenos días Joaquín

– Hola, chata.

B)

¿Cómo se llamaba? Sé que lo sé, pero soy incapaz de recordarlo. Sé, porque tengo la inútil capacidad para recordar definiciones enteras pero no palabras sueltas, que se trata de la facultad de tener conocimiento de nuestra propia capacidad memorística. Tengo en la punta de la lengua la palabra para describir tener algo en la punta de la lengua. Es desesperante. No podré dormir hasta que lo recuerde.

– Cariño, deja de dar vueltas en la cama, por favor.

– ¿Sabes cómo se dice cuando…?

– Metamemoria. Te lo dije ayer.

C)

—Yo te llevaré un ventilador —dijo Jorgito rascándose la costra de una herida de la rodilla

—¡Yo puedo conseguirte unas sábanas muy resistentes! —aseguró El Pecas con una sonrisa —¡Y cuerdas!.

—Yo las ruedas de la carretilla vieja de mi padre —ceceó Gabriel, al que le faltaba un diente y tenía el dedo metido en la nariz.

Estaba entusiasmado. Ya tenía los materiales. Iba a lograr realizar mi sueño. Al día siguiente construí mi máquina voladora. Me lancé desde el tejado de casa. Fue el segundo y medio más intenso de mi vida.

D)

De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable.

Quizás compre unas palmeras de pega; o recoja algunos cantos rodados; o algas; o puede que le pida prestados a mi tía esos trozos de coral que se trajo de Australia para que no eche en falta el fondo marino. Cualquier cosa con tal de que se encuentre a gusto y se le pase el susto que ayer se reflejaba en sus ojos azul profundo cuando la saqué de nuestra red de pesca. Mientras tanto la he dejado en la bañera de casa con mi madre, que ya le estaba enseñando fotos de cuando yo era niño cuando me iba.

Ahora toca seguir escribiendo.

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  Categorías : Relatos


Tres sueños

  24
  12
  2007
 

No. No me he dejado imbuir por el ambiente Navideño y voy a escribir una entrada sobre deseos para el año entrante. Sin embargo si tiene que ver con la época festiva, y especialmente con los excesos que se cometen en las mismas. Más de siete horas de sueño y una digestión pesada suelen provocar sueños realmente vívidos y aunque no sea muy proclive a dejarlos por escrito, en esto me apetece dar estas tres recientes pinceladas de mi subconsciente y su mezcla de ideas al azar. La batidora del cerebro.1) Salgo a la calle con dirección incierta. Doblo la esquina de los juzgados, justo junto a la Tienda del Espía. Hace frío, y con muy buen tino he salido de casa con el edredón de la cama enrollado alrededor de mi cuerpo. Al sobrepasar la tienda y llegar a la Calle Buenos Aires me percato de que quizás no es un atuendo muy apropiado. Más aún cuando veo que debajo de la manta llevo sujetados dos de los cojines rojos del sofá. Doy media vuelta hacia casa y me da la impresión de que casi no puedo soportar el peso del edredón con mi brazo izquierdo. Seguro que es debido a un accidente neurológico.2) Estoy viendo la tele. En la sección de deportes mencionan que un futbolista, y no es Antonio Puerta, pero sé que lo conozco, de 31 años, acaba de ser diagnosticado con un cáncer de Pulmón terminal. Sacan las imágenes del partido donde, de repente, comenzó a escupir sangre. Se ve como le da un ataque de tos, se mira las palmas y pone cara de terror absoluto. Luego empieza a soltar espumarajos de sangre al más puro estilo House. Yo me pregunto cómo pueden emitir eso por la tele.

3) Estoy viviendo en un lugar indeterminado, a veces localizado en La India, otras en una isla del pacífico, en una especie de albergue juvenil lleno de jipis, bohemios y vividores. Llevo una temporada sabática aquí, aunque no sé si he dejado mi trabajo o no. A veces aparece mi hermano. A veces aparece Dracma. Ha salas con televisiones. Se respira una tranquilidad de la leche. Hace calorcito. Uno de los múltiples habitantes, un joven francés que no me cae demasiado bien me dice que se va a mudar a una isla de la India (con un nombre concreto que, por supuesto, no recuerdo) con unas playas increíbles donde uno puedo tocarse la vaina y bohemizar a gusto. Perfecto para escribir una novela. Sin embargo me da miedo, tendría que compartir piso con él y a veces pienso que debo volver al currelo. Le digo que no y se lo toma mal. Me hace chantaje moral. Al final tras una eternidad de sopesar los pros y los contras decido dejarlo todo y largarme. De todos modos no sé que pasará después.

Hoy no sé qué he soñado. Solo sé que ayer vino a mi mente el título de la próxima entrada mientras conducía: Trascendiendo el lugar común para terminar llegando al lugar común.

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  Categorías : Uncategorized


Me gusta el humo

  18
  12
  2007
 

Hasta este final de año me he permitido la licencia de fumar de tanto en cuando. Es decir, durante juergas y fiestas de guardar. Una vez termine, se acabó. Pero no es de ésto de lo que trata la entrada, sino de la continuación de lo apuntado en la anterior, ésto es, mis razones últimas para convertirme en el caballero andante de esa dama indefensa, contrahecha y con mal olor corporal (y gafas de pasta) que es el arte contemporáneo.

En mi caso, intento ir más allá, navegar en las profundidades de mis motores, sobrepasando los límites del gusto estético e intelectual, para localizar mi fe en la venta de humo que es el arte en nuestra época. Entendiendo arte, por otro lado, y acotando drásticamente el término, como aquello que es susceptible de ser expuesto en un museo de arte contemporáneo. De un tiempo a esta parte he descubierto que disfruto muchísimo más una visita al Pompidou que al museo D’Orsay, que en los años de mi adolescencia física podría asegurar que era mi preferido. De hecho, en estos momentos el impresionismo llega a resultarme en cierto modo aburrido, quizás por la sobreexposición. Sin embargo las creaciones de mitad del siglo pasado en adelante siempre captan mi atención, básicamente porque uno ha de llegar más allá del simple gusto, de la pura impresión instantánea, de los intestinos. Uno debe pensar sobre la obra, conocer las intenciones (o las no intenciones), las referencias, las relaciones, y determinar si cada obra y cada autor son uno estafa (o a uno se lo parecen, que casi es lo mismo) o bien pura maestría del intelecto. En cualquiera de los casos, tanto si se ríen de uno a la cara (o lo intentan), como si se toman tan en serio a ellos mismos que resulta patético (o lo intentan), como si resultan sublimes, no puedes quedarte indiferente. Siempre hay algo oculto. La cuerda floja del humo. Pero aún así, por mucho que ésto sirva para apuntalar mis convicciones, sé que existe otra razón última para que no quiera dar un paso atrás en la defensa del arte contemporáneo: me siento capaz de vender humo.

Nunca expondré en la bienal de Venecia, ni mis cuadros se podrán comprar en una galería de arte. Ni siquiera llegaré a pintar uno en mi vida, pero no será porque mis habilidades para plasmar la realidad sean mejores o peores. Basta con que tenga una pseudo-realidad intelectual que presentar al mundo de una manera que no es ni tan siquiera necesario que sea original. Basta con a la que la gente ya se le haya olvidado que ya ha sido presentada anteriormente para poder triunfar.

Las posibilidades de que ésto ocurra son ínfimas, pero necesito que ese mundo exista. El mundo en el que puedes codearte con la crème de la crème en un ático de Nueva York siendo una estafa. Es necesario que sigamos sufragando a una manada de visionarios, posers, filósofos, magos, hedonistas, descerebrados, esquizofrénicos, sociópatas y vagos para que sigan diciendo una y otra vez lo mismo. Revolviendo el fango, porque cualquiera puede hacerlo y por eso mismo yo también podría hacerlo, podría llegar a ser famoso sin recurrir a un Gran Hermano y envuelto en un halo de sofisticación e intelectualidad. Solo con que me tocase la lotería.

Y aunque ahora alguien pueda apuntar el sacrificio, la perseverancia y la maestría que son necesarios para llegar a ello, yo me niego a creerlo en todos los casos. Es más, si ese alguien perteneciera al mundillo, sería un idiota al intentar convencerme, porque si lo lograra perdería un infatigable y fiel defensor, y no creo que queden muchos.

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  Categorías : La vida


¡A mí, a mí, elígeme a mí!

  12
  12
  2007
 

Tengo la mala costumbre de cuestionarme mis puntos de vista. Es algo que he hecho desde pequeñito. A veces resulta un tanto frustrante darse cuenta de que usando un razonamiento lógico uno es capaz de llegar a ratificar y rectificar una convicción en dos momentos de la vida no necesariamente distantes. Solo hace falta ser honesto con uno mismo. Otras se llega a formulaciones absurdas, autorreferentes o inútiles. Otras se cree haber obtenido una idea genial, magnífica. En cualquiera de los casos anteriores termino derrotado ante la certeza de que dar tantas vueltas y sentirse orgulloso por ello, es decir, único, es del género idiota. ¿Para qué pensar en nada de esto, y lo que es más grave , incluso ponerlo por escrito, más aún, a la vista de cualquier persona que se tropiece en el Google y caiga aquí, cuando TODO, cada coma, ya habrá sido puesta en orden, discutida, definida, catalogada, masticada, deglutida y defecada y publicada por alguien en alguna parte? Y la conclusión que más me gusta, que ya he planteado alguna otra vez: que la anterior elucubración ya habrá sido estudiada por decenas de filósofos, escritores o peritos con un blog. Por mi mismo incluso. ¿Para qué preguntarme ni siquiera para qué si en algún lugar alguien ya ha escrito antes la respuesta? Quizás porque afortunadamente la gente olvida e incluso se muere, y puede que lea antes este blog que al erudito de turno, y aunque posteriormente vea que la idea que aquí descubrió no es original en lo más mínimo, el hecho de haberla plantado por primera vez en su cerebro me da una ventaja diferencial. Siempre se quiere más al primero, aunque te muestren que, por ejemplo, Edward Gorey ya lo hizo antes. O Captain Beyond. Lo importante es estar ahí.

Otra cosa es la difusión.

En cualquier caso yo quería escribir una entrada de por qué defiendo a capa y espada el arte moderno, pero prefiero escribir dos entradas cortas infumables que una larga y farragosa.

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  Categorías : La vida


Kundera y Palahniuk

  11
  12
  2007
 

Como he repetido por activa y por pasiva, estoy estancado en las pantanosas y yermas aguas de Las Benévolas. No saldré de ahí hasta que doble la página 1000. No quiero lecturas secundarias. Ni siquiera comprar más libros que añadir a las estanterías de pendiente de leer. Quiero estar una temporada con los pies metidos en ese bloque de hormigón.

Pese a que recuerdo que tengo pendiente de reseñar El Corazón de las Tinieblas, me apetece destripar brevemente los otros dos libros leídos recientemente. La única razón por la que he unido ambas obras en una misma entrada es puramente espacial. Si alguien es capaz de entroncar una obra de Kundera y Palahniuk sin hacer un chiste tiene los comentarios a su disposición.

Por una parte, entonces, tenemos La Despedida, que narra las vicisitudes de 8 personajes en un balneario checo a finales de los setenta. El título original (El vals de despedida, entiendo, aunque no soy traductor de checo), por otra parte, resulta bastante más sugerente y algo más acorde con la novela. En teoría, dicho título hace referencia a la partida del personaje de Jakub (el cual no pude dejar de imaginarme durante toda la lectura con el físico de Charlie Utter, sin ninguna razón específica), aunque uno tiene la sensación de que el personaje principal y la trama fundamental de la novela es la que lleva Ruzena en su vientre. En cualquier caso Kundera desarrolla una trama relativamente sólida para desgranar una serie de ideas sobre especialmente el hecho de la natalidad y el aborto. En ese sentido, para mi gusto, lo más peculiar del libro reside en el personaje del médico abortista y sus excéntricas opiniones sobre las rubias y métodos de fertilidad. Por lo demás, no puedo con la prosa de este hombre. Me resulta amanerada, literaria en el sentido que teatral es al cine, absolutamente pasada de moda. No tengo ni idea si es algo que debe achacarse a la propia traducción. En cualquier caso discurre con suma facilidad y contiene apuntes interesantes, que al menos están hilados con la trama y no incrustados en forma de apostillas ensayísticas como en otras obras suyas. Sí, que no aguante las peroratas ensayistas en la novela también es un problema mío en exclusiva.

Por otro lado tenemos Rant, la última de Palahniuk, del que soy y seré fan declarado, aunque el muy cabrón siga repitiéndose de aquí a la eternidad. Este libro no es una excepción, y toda la historia sigue de pe a pa todas las constantes del escritor, incluyendo sus defectos, pero mi adscripción a la literatura de situaciones epatantes no tiene cura. Y por lo menos es bastante más interesante que el anterior pastiche llamado Fantasmas. Dado que yo mismo soy mucho más receptivo a lo guionizado, resumamos un poquito:

Lo que mola de Rant:

1) Es un libro de Palahniuk, con su siempre hipnotizante prosa a base de aforismos y repeticiones.

2) Tiene una historia perfectamente urdida con una serie de piezas que ncajan al final (marca de la casa, por otro lado)

Lo que no mola de Rana:

1) La estructura narrativa que escoge, en forma de entrevistas con los que han conocido a Rana resulta artificial y no se sostiene por ningún lado. No tiene ningún sentido si cada uno de ellos cuenta la historia desde un punto de vista de narrador con la voz de Palahniuk. ¿Para qué Chuck? ¿No es más fácil seguir con uno único, que es lo que se nos da bien, eh?

2) El final se alarga y se alarga en explicaciones innecesarias. Condensando la historia en doscientas y pico páginas hubiese obtenido un libro mil veces más redondo.

Que lo mismo de siempre.

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  Categorías : Literatura


7
  12
  2007
 

Última entrada que voy a dedicar a mi última estancia en París. No será la última entrada del año, ni la última entrada sobre París, ni la última en que escriba desde el trabajo en un día especialmente propicio para ese noble deporte, tan español, como es tocarse los genitales. Y no lo es, ni lo será, incluso si Dios no quiere. Incluso si quiero colgar más fotos de aquellos días en París, porque ¿Cuándo me he molestado en que las fotos de este blog tengan un mínimo de relación con sus textos?

Si utilizase el presente de indicativo para relatar mi paseo por la ciudad de la luz de aquel sábado en que tan calentito se estaba en la habitación, y aún no lo he descartado, y tendréis que seguir leyendo para saber si lo he utilizado o no, podría dar la impresión de que acabo de volver y no han pasado 20 días desde entonces. Comprimir el tiempo de dicha manera tendría un número infinito de beneficios, el menor de los cuales no sería haber logrado leer 300 páginas de las Benévolas en un instante, y no en los 15 días que llevo arrastrándolo por estas calles de Dios (lo que me lleva a pensar nuevamente en que el lector de Amazon será un gran invento). Pero no se puede comprimir.

Al acercarme a mi destino, en minúsculas, de aquel día, me di cuenta de que mi estómago no podía soportar semejante vacío existencial, por lo que decidí cruzar a la otra orilla del Sena, dado que en Quai de Branly no parecía haber nada interesante que llevarse a la boca.

Tras subir unas escaleras (y pensar, como siempre, en que me falta más aire del que debería y cruzarme fugazmente, pero ahora sin dolor, una lista de posibles enfermedades por la mente) me topé con un mercadillo al aire libre que recorría todo el centro de una muy larga calle en cuesta. En esta misma calle me encontraría el Palais de Tokio y el Museo de Arte Moderno. Antes de entrar en este último llevado por mi vena cultureta, me dejo arrastrar por mis sentidos a lo largo del mencionado mercado, lleno de puestos de verduras, quesos, carne y otras viandas con olores extraordinarios. Hay algún que otro tenderete con comida preparada, y finalmente me hago con un crêpe que venden bajo bandera argelina. Debo pedirlo por señas, porque veo que la gente no lo llama crêpe y me da vergüenza que no me entiendan. Uno tiene la sensación de que parece menos turista señalando las cosas que intentando hablar mucho. La próxima vez debo hacerme pasar por un parisino mudo y un poco duro de oído.

Después de sacar unas fotos y terminar la crêpe que no es crêpe, entro en el museo con la intención de ver la exposición cuyo cartel me ha llamado la atención en la entrada, y cuyo autor no conozco. No sé si para no parecer idiota o para parecerlo, compro una entrada no solo para esa exhibición sino también para otra sobre Helene Schjerfbeck, una pintora finlandesa de la que nunca recordaré el nombre (ni tampoco demasiado su obra). Seis euros gastados en recordar un nombre. Después entro en una estancia oscura dedicada a Alfred Kubin, y éste sí que cumple absolutamente las expectativas del cartel de la entrada. Dibujos de pequeño formato, grotescos y fantásticos. Si tuviera dieciséis años probablemente forraría mi carpeta con sus obras. Tengo treinta y uno y resulta maravilloso constatar que la cantidad de cosas, así, en general, que nos quedan por descubrir y nos pueden asombrar son ingentes, y que solo importa que precisamente la capacidad de asombro de cada uno siga intacta.

Posteriormente saqué más fotos, vi el museo de Quai de Branly que iba destinado a visitar (y que resultó ser un edificio medianamente interesante con un contenido medianamente no intersante) y volví andando hacia la zona de Puerta de Orleans. Quedé con Ana y Bob. Me compré un par de zapatos. Mientras les esperaba pude observar una vez más los rituales de espera de los parisinos, ahora con frío. Evidentemente no se diferencian en nada del resto del mundo.

Nos sentamos a cenar en un restaurante caribeño especializado en gastronomía de las tierras francesas de ultramar, tras vueltas y más vueltas de buscar un lugar donde saciar mi pobre apetito y entrar en calor. El sótano donde nos han metido debe albergar a más personas de las que estaban previstas, por lo que la camarera, entre baile y movimiento de cadera, intenta reordenar mesas y comensales, como si fuéramos un tetris, para que todo el mundo pueda sentarse y tener un plato. Ella se parte de la risa. Su jefe pone cara de hastío y suspira. Nosotros decimos a todo que nos da igual, aunque ahora mismo casi debemos sujetar las fuentes de comida sobre nuestras cabezas. La familia junto a nosotros, y con ello quiero decir las mujeres de la familia ellas, se queja y mueve la cabeza de un lado para otro, como toda ama de casa debe hacer en estos casos. Al menos nos traen un par de chupitos gratis para compensar. Cuando terminamos la familia aún no ha recibido los entrantes. Y yo he mezclado el presente con el pasado.

Comentarios : Viajes


Un apunte: Escenas de trabajo en Evry

  26
  11
  2007
 

Vinimos, o más bien fuimos, a París para mantener un par de reuniones con uno de los sabios calculistas de nuestra empresa madre, sita cerca de Evry (población que en Plataforma se menciona y se califica como reducto de inmigrantes, de ésos peligrosos, creo recordar), acerca de unos rodillos y máquinas de nuestros nuevos proyectos, durante tres días. Cosas de ingenieros. Yo aprovecharía para encontrarme casualmente con otros entes de esta gran parroquia e intentar aclarar asuntos pendientes sobre nuestros otros hornos de la India, proyectos que en este momento se encuentran parados por problemas de financiación del cliente, que es indio, por si no se había entendido. Es decir, todo con un retraso según los cánones de aquel país. Mis compañeros son otro jefe de proyecto y una ingeniera de cálculo. Todo el mundo esperaba que él cumpliera con todos los cánones del birrocho, pero parece que una relación sentimental ha surgido entre ambos (como diría Kurtz: el amor (bueno, más o menos). Digo parece porque todo el mundo (otra vez) lo sabe pero ellos actúan como si solamente fueran amigos. Una de esas situaciones en la que todo mundo (nuevamente) se siente violento. Cuánta tensión sexual. Paseando de vuelta de un restaurante japonés junto con otra compañera de trabajo que lleva una temporada desplazada allí, al mirar atrás, me parece observar que van agarrados del brazo. Ellos me ven. Yo los veo, por un instante, y rápidamente vuelvo la mirada al frente. Al cabo de unos segundos, furtivamente, giro el cuello pero ya van cada uno por su lado de la acera. O quizás sean imaginaciones mías.

El día después de de aterrizar, y era Jueves, quedé para comer con el ingeniero encargado de coordinar todos los proyectos de nuestra casa madre francesa en La India, de ahora en adelante El País Del Curry (EPDC). Él es un crápula con el que ya he compartido cognac y habanos a las dos de la mañana en Calcuta, y lo cierto es que es un placer tratar con un francés que en lugar de llevarte a la inmunda cantina de su día a día te invita a comer a un pueblillo a 20 minutos en coche. Junto con otros tres gabachos y un irlandés que también trabaja allí, nos sentamos a degustar platos típicamente franceses regados con un poco del infecto Beaujolais Nouveau que posteriormente cambiaríamos por caldos bastante más interesantes (de los cuales no me quedé con el nombre). Probé el tuétano por primera vez en mi vida, gracias al Pot au Feu que pedí. El rendimiento por la tarde no sería muy elevado.

En Nuestra Querida Casa Madre Francesa, de ahora en adelante NQCMF, reparten un listado con las extensiones y direcciones de e-mail de cada uno de los empleados, lista de la que disponemos aquí en Bilbao. Al observarla, y teniendo en cuenta que se trata de fotos tipo carnet, uno se queda con la impresión de que son todos muy feos. En general tienen cara de estar amargados y la estructura de lugar de trabajo, lleno de recovecos y pasillos en un edificio en forma de H con cuatro pisos en el que siempre, indefectiblemente, e independientemente del número de veces que lo visite, me pierdo la primera vez que llego (lo que no provoca que pregunte, válgame Dios, y me permite utilizar mi cara de pasaba por aquí que tan bien se me da), ayuda a fortalecer esa sensación opresiva. La cuestión es que, de esta nueva aproximación, he salido con una cierta sensación de desasosiego. Más allá de sus corbatas, sus calcetines blancos, sus horrendas camisas de manga corta o sus gafas estilo Diaz Miguel, he conocido a personas con alteraciones físicas relativamente anodinas, pero que evidentemente me han alterado. El encargado de validar los esquemas de fluidos es un cuarentón que tiene la parte izquierda de su cara parcialmente paralizada. Solamente parpadea con el ojo derecho, y sus constante fasciculaciones del izquierdo hicieron revivir mis neuras por un instante. Fugaz. En cualquier caso, me pasé toda la conversación intentando entender un galimatías franchute sobre estanqueidad en válvulas de gas mientras pensaba en si aquel hombre tendría ELA y en cómo se podría vivir y trabajar con semejante duda. A su vez, el irlandés con el que fuimos a comer, tiene una cicatriz gigantesca en su mano derecha, justo sobre el dedo gordo, que debe dolerle, ya que estrecha la mano con la izquierda, lo cual resulta extraño, más aún con la costumbre local de saludarse de ese modo con todo el que pasa por tu camino.

El primero, el que guiña el ojo, me hace pensar en la finitud de la vida y en la posibilidad de pasar los restos pensando en la degradación física. El segundo solamente me provoca ganas de crear un relato con él como personaje: El hombre que daba la mano con la izquierda.

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  Categorías : Viajes


Yo también creía que no lo haría

  23
  11
  2007
 

Pero necesito compartirlo, y aunque es absolutamente incoherente con el lema de este blog y con alguna entrada anterior, lo es con mi necesidad de descargar las fotos e mi última estancia en París y con el cargo de conciencia que me produciría perder una hora completa (tal y como hice ayer con dos gracias al Apocalipsis Zombie) de trabajo escribiendo una entrada de 30 líneas como viene siendo habitual.

Por lo tanto, dejo constancia aquí del artículo de Vicente Verdú que leí hace poco, a través del artículo de La Cárcel de Papel que lo lleva al terreno del cómic. Sin enlazar el de Verdú. si queréis leer tenéis que pasar a través del espejo. El caso es que lo que propone el señor Vicente resulta interesante como debate, pero evidentemente erróneo y, lo que es peor, repetitivo. No da para un decálogo. Si la salvación de la novela pasa por un artículo aburrido estamos listos.

En otro orden de cosas, es conocida mi relación amor odio con la aeronaútica. Curioso que mi hermano esté ahora trabajando en una empresa del ramo. En su momento pude entrar como becario en Airbus. Ésa es otra historia. De todos modos solamente quería dejar aquí este proyecto megalómano tan de principio de siglo que deja volar la imaginación: El Airliner Number 4 (vía Microsiervos)

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  Categorías : La vida


Deambular es un placer

  22
  11
  2007
 

Esto es una excusa para ir metiendo fotos de París. Sería más barato, hablando en términos de desgaste de dedo y de neuronas, colgarlas todas en Flickr, pero no sería ni de lejos tan satisfactorio para el ego. La sensación de deber cumplido que queda una vez aprietas el botón “Publicar” de WordPress solo es equiparable a la de terminar correctamente un ejercicio de Análisis Numérico o al sacar el último tronquito del aserradero (*). Por tanto, relatemos en qué consistió mi deambular de Domingo por las calles de la capital francesa antes de crear un par de entradas, una sobre amigos y restaurantes caribeños y otra sobre trabajo y deficiencias físicas.

Como los guionistas de Estados Unidos, en Francia seguían de huelga los trabajadores de transportes públicos, tengo entendido que por que el gobierno quería atrasar su edad de jubilación, lo que convirtió las calles dentro de la ciudad en un caos y el nuevo sistema de alquiler de bicicletas (parecido al de Barcelona), en todo un éxito. De todas maneras, cuando veía pasar a alguien montado en su montura de aluminio con los cero grados de media que podía hacer aquel día, solo podía pensar en agujas lacerantes en la cara. Uno que es muy sensible y que los parisinos deben ser de cerca de Bilbao, porque no solían llevar mucha cara de sufrimiento. Mi primera idea era acercarme al Centro Pompidou, como suelo hacer en cada visita a esta ciudad, y es que pocas cosas hay tan divertidas como ver un museo de arte contemporáneo. Sin embargo, entre el frío polar, el dinero que ya me había dejado el día precedente en otros museos y, sobre todo, el no contar con mi no-rubia para compartir comentarios (o incluso una audioguía si se pusiera melosa) sobre las obras, decidí dedicarme a la lectura en cafés y la búsqueda de un restaurante Tailandés.

El primer objetivo era fácil de cumplir, y prácticamente me ventilé La Despedida de Kundera entre cafés crème de los de a 3 euros la unidad. El segundo no parecía tan difícil, pero no contaba con que era Domingo y muchísimos locales estaban cerrados. Después de más de una hora paseando con los piés hechos carámbanos, tuve que rendirme a la evidencia y conformarme con uno de ésos chinos rápidos que tanto proliferan por allí. Ni siquiera tengo la coartada de haber sacado provecho a las vueltas y revueltas que di buscando con las fotos que pude sacar: El día era gris y la zona nunca ha sido para tirar cohetes. Unos niños me asaltaron pidiendo la firma para algo que no supe comprender y les dije que era no era de allí y que lo sentía, con lo que me quedé con esa sensación de estupidez que suele serme habitual cuando por París alguien me aborda por la calle hablando en francés, cosa que es más habitual de lo que puede parecer. Aunque sé que con un poco de esfuerzo podría comprenderles, siempre lo acabo esquivando, y luego me arrepiento.

Fui al aeropuerto con tiempo de sobra y estar tranquilamente sentado en la sala VIP tomando una cerveza y un Beaujolais Nouveau que, para variar, no estaba muy allá, mientras ojeaba las novedades de mis blogs favoritos habituales (sí, ésos que están a la izquierda).

Debo confesarlo, estuve en el Starbucks y me comí, para más INRI, un muffin. Pero me dieron un dedal de crème brulé de prueba.

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  Categorías : Viajes


Escena en una terraza

  20
  11
  2007
 

La vida de Sara podía resumirse fácilmente en cuatro líneas, como la de casi cualquier persona, incluidas aquellas a las que les escriben una autobiografía.Su primera decisión netamente autónoma fue dejar su carrera de económicas y buscar trabajo. Hasta entonces, desde sus novios hasta el color de los pintalabios habían estado marcados por las decisiones de las personas de su entorno, de una u otra manera. No se trataba de que no tuviera personalidad, y de hecho terminó sintiéndose frustrada por las elecciones que finalmente tomaba, sino que algo en su interior terminaba convenciéndola de que los otros tenían razón, aunque fuera lo contrario a lo que su lógica le estuviera dictando. Llámalo inseguridad. Hay cosas peores. Otros se dejan guiar por las voces de sus difuntos o por el horóscopo.En clase pasaba el rato pensando en que debería haberse dedicado a otra cosa, quizás a escribir, a dirigir películas, a cuidar animales, mientras delante de ella un bromista con rizos, por ejemplo, intentaba llamar su atención haciendo chistes sobre las patillas de Malthus. Después de darle un número entre infinito y rozando la enajenación mental de vueltas a la cabeza, decidió liberarse y romper con su vida guiada, haciendo cualquier cosa que la hiciera feliz a partir de entonces. Algo sencillo de lo que la gente suele disfrutar, o dice que disfruta. No lo logró. ¿Acaso alguien lo consigue? De todos modos huyó de la universidad y solamente observar que ella tomaba el mando, aun sintiendo el rechazo de sus padres que actuaba como el vinagre en sus instantes de felicidad, fue suficiente para Sara.

Encontró trabajo en un hotel. Se casó con el encargado, que era un hombre sencillo. Se buscaron un apartamento humilde donde ella hacía la cena y él leía el periódico. Nada estrambótico. Al cabo de los años, la novedad y el deleite por la liberación y por la toma de decisiones propia se esfumaron. Entonces se quedó embarazada. Eso era una novedad, y también era sencillo, pero no ayudó en nada. El encargado resultó ser un mentecato y se divorció de él antes de que el hijo de ambos saliera de su vientre y pudiera darse cuenta. Rezó porque el niño saliera a ella.

Se mudó y dejó el trabajo.

Todos los días sin excepción iba al kiosco, justo después de levantarse, a comprar el periódico para localizar un puesto en algún otro hotel, o algo similar. Se acercaba el invierno y aquella mañana comenzaba a no ser demasiado agradable para estar inmóvil a la sombra.

Eric estaba sentado en la terraza de un café cuando la vio. Casi se derramó la cerveza por la camisa al hacer el apresurado gesto de saludar y llamar su atención, intentando sonreír a la vez. Sara le vio y se acercó con cara de sorpresa incrédula, con esa media sonrisa que ponen las personas cuando se encuentran con alguien que saben que conocen pero del que realmente no recuerdan ni el nombre. Eric le dio dos besos efusivamente y la invitó a sentarse y tomar algo.

–La verdad es que tengo un poco de prisa.

–Pero seguro que tienes tiempo para un café –dijo Eric, que cogiéndola del brazo (gesto del que se arrepintió al instante) continuó–, hace mucho que no nos veíamos. Anda, ponme al día. Seguro que lo que debas hacer puede esperar cinco minutos. Además, en tu estado es importante descansar de vez en cuando.

Ella era terrorífica para negarse, así que se sentó trabajosamente agarrándose la tripa e intentando repasar el pasado conjunto que se le escapaba entre los recovecos de su cerebro y que la unía con aquel hombre de pelo rizado que la observaba sonriente sentado en una silla metálica. Trató de devolver a su mente su nombre de pila, pero no conseguía acordarse. Empezó por la A.

–Bueno, ¿Qué es de tu vida? –comenzó él, que nunca había sido muy original con las entradillas pese a que se había pasado media vida practicando a solas.

–Mejor empieza tú –contestó ella intentando ganar tiempo. Ya iba por la C, pero no había resultado.

–Pues la verdad es que me mudé a Alemania y estuve viviendo allí durante tres años. Cuando acabé la universidad y no logré encontrar trabajo me cansé de vivir a costa de mis padres, de la misma gente de siempre, todo eso, y cogía las maletas. ¡A la aventura! Mi primer destino fue Berlín.

–¿A Berlín? –repitió ella de manera automática. Estaba acostumbrada a aparentar atención sin hacer el menor caso, como hacía con su antiguo marido- Ya había llegado a la N sin resultado. A este paso tendría que empezar una segunda vuelta.

–Es una ciudad alucinante, aunque termine por aburrir, como todo. Estuve trabajando como camarero, y ya sabes como odio permanecer mucho rato de pie, pero no había más remedio. Hay que ganarse las habichuelas, ¿Verdad? Oye, ¿Sabes cómo se dice habichuela en alemán?

–¿Perdona? –le había cogido desprevenida mientras buscaba desesperadamente nombres propios que empezaran por P.

–Si sabes como se dice habichuela en alemán.

–Ni idea –mientras seguía repasando mentalmente: Pedro, Pablo, Peter, Parker, Pocholo, Pecas, Parkinson, Pelanas, Puma, Pedro, Pe…

–Yo tampoco me acuerdo, era por si tú lo sabías.

–¿Por qué iba a saberlo?

–¡Mujer, tu hiciste un año de Erasmus en Munich!

–¿En Munich? Pero si yo no me apunté al Erasmus.

-¿Cómo que no?

–En mi vida he salido de esta ciudad excepto en las vacaciones –contestó ella, que aunque estaba un poco extrañada por la conversación iba por la segunda vuelta, otra vez buscando nombres que empezaran por B.

–Espera, ¿No eres Raquel?

–¿Qué Raquel?

–Dios. Perdóname. Creo que te he confundido con mi amiga Raquel –dijo él abriendo los ojos hasta que los párpados le hicieron daño –¡Qué vergüenza!– continuó, haciéndose el anonadado –.Ya me puedes perdonar, pero es que eres igualita. Ya me extrañaba que estuviera embarazada y no me hubiese dicho nada.

En ese momento Sara, por pura inercia, llegó a la E en su ruleta de repaso de nombres, y con un destello en su cerebro que hasta debió de ser visible al ojo humano, recordó quien era él. Eric, su compañero de la universidad. El que tenía más dibujos y caricaturas en sus apuntes que palabras. El que gastaba bromas que a casi nadie hacían gracia excepto a ella. Ya habían pasado unos cuantos años desde la última vez.

–¡Eric! –dijo ella, y él sonrió. Entonces, al ver la sonrisa pícara en su cara rodeada de rizos, Sara se dio cuenta de que él se había percatado hace tiempo de que no le estaba haciendo el menor caso y por eso había fingido haberse equivocado de persona. Eric se inclinó un poco sobre la mesa y dijo:

–Podemos empezar otra vez desde el principio.

La vida de Eric podía resumirse fácilmente en cuatro líneas, como la de casi cualquier persona, pero puestos a ser escuetos, era un hombre con una carrera en económicas que había estado perdidamente enamorado de ella.

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  Categorías : Relatos




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